¿Castiga Dios a los pecadores?



Muchos han creado en sus mentes –con la ayuda de la religión- la imagen de un Dios enojado, un Dios que está listo para arrojar fuego del cielo y consumir a los pecadores, castigándolos por sus pecados. Otros igualmente, si algo malo sucede en el mundo, en sus vidas o en la vida de alguien que conocen, se lo atribuyen a Dios con las siguientes palabras: “el juicio de Dios cayó sobre él”, “hizo algo malo y Dios lo está castigando”, “ese mal, es el castigo de Dios por sus pecados”. En otras palabras, atribuyen más o menos a Dios el mal que sucede en el mundo, con la justificación de que es supuestamente el juicio, el castigo de Dios por el pecado del mundo. Sin embargo, ¿es correcta esta opinión? La respuesta es ¡NO! Creo que en que en la era de la gracia, que es en la cual vivimos, Dios no condena, castiga a los pecadores. Ten cuidado, no estoy diciendo que es correcto pecar. No estoy diciendo que le pecado no es realmente pecado. No estoy diciendo que no necesitamos confesar nuestros pecados al Señor y arrepentirnos. Lo que estoy diciendo, es que el Señor no condena, no castiga a la gente por el pecado, por lo menos no en la era de la gracia en la cual vivimos. Esto por supuesto no significa que el pecado no recibirá sus respetivos, horribles resultados. La paga, el resultado, del pecado es la muerte (Romanos 6:23) dice la Palabra. Sin embargo, esos horribles resultados no son el juicio, el castigo de Dios, en la vida del pecador, sino el resultado, los frutos, de sus propios actos, de su pecado. Por ejemplo, asumamos que alguien es alcohólico, no se puede deshacer de su adicción, es diagnosticado con cirrosis hepática y muere. ¿Es esto acaso un juicio de Dios, un castigo en su vida? ¿A caso Dios le causó eso, castigándolo por sus hechos? ¡NO! Él se lo causó a sí mismo. El presentar eso como castigo, como juicio de Dios por los actos de este hombre y atribuir su muerte a Dios no tiene ninguna relación con la realidad. ¡Dios nunca hizo eso y jamás lo quiso!

Pero veamos lo anterior con un ejemplo de la Biblia. Jesucristo, el Hijo de Dios, es la perfecta representación del Padre. Es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15). Quien lo haya visto, vio al Padre (Juan 14:9) y solo hizo lo que vio hacer al Padre (Juan 5:19). Por lo cual, lo que veremos a Jesús hacer, Dios estará haciendo lo mismo hoy también. Vayamos a Juan 8. Ahí vemos a los fariseos llevando una mujer a Jesús que fue encontrada en acto de adulterio y preguntándole qué es lo que deberían de hacer con ella. De acuerdo con la ley de Moisés, esa mujer debió de haber sido lapidada a muerte por ese acto. Su pecado se podía castigar con la muerte, sin excepción. Pero veamos lo que Jesús les dijo:

 

Juan 8:7, 9-11
“Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”

 

Lo que Jesús hizo aquí por esta mujer cuyo pecado, de acuerdo a la ley de Moisés, se castigaba con la muerte, es lo mismo que Jesús hace hoy. Hermanos y hermanas, ese es el corazón de Dios. El corazón de Dios es perdón y no juicio, es lento para la ira y no explosivo. Jesús, durante Su vida terrenal, iba por ahí visitando pecadores, comiendo con ellos y quedándose en sus casas, causando a los religiosos de su tiempo, los fariseos, que se enojaran con Él. Ellos pensaban, como algunos de nosotros hoy en día, que esos pecadores deberían de ser aislados y castigados por sus pecados. Pero no es eso a lo que Jesús vino. Veamos lo que la Palabra nos dice:

 

Juan 3:17
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

 

Lucas 19:10
El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido

 

Marcos 12:13
“Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.”

 

Dios no envió a Su Hijo para condenar al mundo. No lo envió para que castigara los pecadores sino para salvarlos. Esta es la era de la gracia. Esta es la era donde Dios ha extendido Su mano a todo el mundo y dice: “por favor reconcíliense conmigo” (2 Corintios 5:20-21). Sin duda llegará el día en cual Dios juzgará al mundo y a aquellos a los cuales haya extendido Su invitación y la hayan rechazado. Ese es “el día de la ira” (Romanos 2:5), el día en el que Dios juzgará a aquellos que negaron la verdad del evangelio y para ellos vendrá “tribulación y angustia” (Romanos 2:9). Ese es el día en el cual aquellos “que conocen a Dios y que no obedecieron el evangelio de nuestro Señor Jesucristo … serán castigados con eterna destrucción de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder;” (2 Tesalonicenses 1:8-9). Pero, ese día ¡aún no ha llegado! Hoy NO es el día de la ira y el castigo, sino la era de la gracia; la era en la cual, Dios, al dar a Su Hijo, ha extendido una mano de amistad a todos y quiere que todos sean salvos (1 Timoteo 2:4). Es el día de la reconciliación y no el día del juicio y el castigo.

Regresando a la mujer que pecó: ¿lo que hizo fue un pecado? Por supuesto que lo era y así fue cómo Jesús lo enfrentó. Sin embargo, ¿A caso Jesús la castigó, la juzgó, condenó, por lo que hizo? NO. Más bien, le dijo: “Ni yo te condeno: ve y no peques más.” Si tu eres de aquellos que piensan que Dios es un Dios enojado que condena y castiga a los pecadores con calamidades y juicios estás en un gran error. Eso que crees, probablemente lo hayas tomado del Antiguo Testamento, que aunque sin duda es útil, también es ¡ANTIGUO! Puede ser también que lo hayas tomado del Apocalipsis y las referencias a él, ignorando que el día del juicio y castigo, la era del apocalipsis, NO ha llegado aún. Hoy, vivimos en la era de la gracia. Jesucristo ha venido y “él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan2:2). Jesús pagó el precio por TODOS y para TODOS. Él es la propiciación, incluso por los pecados de aquellos que aún no lo conocen, para TODO el mundo. Dios ya no está enojado con el hombre. ESTABA enojado, antes del sacrificio de Jesús y volverá a estar enojado, en el “día de la ira”, con aquellos que negaron la mano de amistad que les extendió a través de la muerte de Su Hijo. Ahora sin embargo, en la era de la gracia, Su puerta está ABIERTA. Dio a Su Hijo para que se reconciliara con nosotros:

 

Romanos 5:10
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.”

 

Antes de la muerte de Cristo éramos enemigos de Dios. Ese era el tiempo y la era antes del Nuevo Testamento. Sin embargo, después de la muerte de Su Hijo ahora somos reconciliados con Dios. Este es el tiempo y la era del Nuevo Testamento, la era en la que hoy vivimos. Hoy Dios NO ya está enojado con el hombre sino que ha extendido Su mano de amistad. Veamos de nuevo 2 Corintios 5 que dice:

 

1 Corintios 5:18-19
“Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.”

 

Dios reconcilió al mundo –no solo a algunos del mundo, sino a todo el mundo- consigo mismo. ¿Cuándo? Cuando dio a Su Hijo. La enemistad terminó entonces y ahí por eso ¡ya no existe hoy! Por lo tanto, atribuirle a Dios actos que quedarían en la imagen de un Dios enojado, un Dios que castiga y juzga a la gente, mientras que dio a Su Hijo para reconciliar al mundo consigo mismo, distorsiona la realidad y es la causa de las horribles y equivocadas opiniones que algunos tienen sobre Dios. ¿Quién quiere tener algo qué ver con un Dios que supuestamente castiga, causa destrucciones y es supuestamente responsable por todo lo malo que sucede en el mundo? Y aun así, esta es la imagen de Dios que la mayor parte del tiempo pinta la religión. Pero esa imagen está ¡COMPLETAMENTE EQUIVOCADA! La imagen verdadera es la de un Dios que dio a Su Hijo por nosotros y ha abierto sus brazos a todos. Un Dios que “quiere que todo hombre sea salvo y venga al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Y para usar un pasaje del Antiguo Testamento:

 

Ezequiel 33:11
“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?”

 

Dios nunca quiso la muerte del pecado. Lo que quiere es que vuelva. Y como vimos a Cristo diciendo a la mujer que cometió un pecado de acuerdo a la ley de Moisés que se castigaba con la muerte: “Ni yo te condeno; ve y no peques más”.

 

Para resumir: ¿A caso Dios castiga, juzga, condena a alguien por su pecado? La respuesta es NO. Más bien, lo que Dios quiere es que el pecador regrese y si no lo conoce que lo conozca y empiece una nueva vida con Él, dejando el pecado atrás y conozca el amor de Cristo para él, el cual sobre pasa todo conocimiento (Efesios 3:19). Sin duda, habrá un día “el día de la ira y la revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2:5), un día de juicio y castigo para aquellos que se negaron a reconciliarse con Dios (2 Tesalonicenses 1:8-9). Pero ese día aun NO ha llegado. Hoy, este mero día, el mensaje de Dios no es un mensaje de juicio y castigo sino un mensaje de reconciliación; “como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él“ (2 Corintios 5:20-21)

 

Tassos Kioulachoglou

Español: Aleida López de Steinmetz
Versión Bíblica: Reina-Valera 1960

 




 

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